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sábado, 5 de julio de 2014

El juego del dinero






     Queridos familiares y amigos: en estos momentos no existo. Antes de irme mandé a mi primo Jeremías haceros entrega de esta carta, y menos mal que así pensé porque ahora no dispongo ni de fuerzas ni de pensamiento, mucho menos de ganas para escribir, ¡que las musas los quieren vivos!         
     Quería invitaros a mi funeral. Pensaréis que estoy loco, pero no, tranquilos, sólo estoy muerto. La ceremonia será dispuesta en los jardines del silencio, más conocido el lugar como el cementerio de la ermita, justo al día siguiente de que recibáis esta notificación. He contratado a la banda del pueblo para animaros la mañana; ruego mantengáis silencio mientras tocan, tomad ejemplo de mí.
    Os pido a todos que si lloráis sea de alegría, nada de malos tragos, todo lo contrario, porque os pienso invitar a un almuerzo, así que no me despidáis del todo, no, porque le he pagado a Julián una comida, y bebidas todas las que queráis hasta la hora del café, en el bar Chopo. Será la última vez que invite, que conste.          
     Y para poner la guinda al día de mi despedida he preparado un juego. Todos sabéis que no tengo pareja ni hijos, y que os quiero a todos mucho. También sabéis que poseo una gran fortuna, que no he contratado a los Rolling Stones por promocionar a la banda del pueblo. Entonces estaréis pensando que qué he hecho con mi dinero, que si se lo he dejado en herencia a alguien... Pues para cuando estéis en el Chopo almorzando a mi salud, que sepáis que aún tendré mi dinero (que no se os ocurra buscarme en los bolsillos en mi funeral). Cuando todos hayáis terminado el café, o la copa, o lo que sea, mi primo Jeremías anunciará en qué consiste el juego. El ganador será el nuevo beneficiario de todos mis bienes, así me aseguro de que no faltéis a la cita, de que estéis hasta el final.

          Con todo mi cariño os mando un beso desde este lugar remoto. Os espero paciente. Firmado: Jesús




Esta es la carta que Jesús escribió cuatro meses antes de su fallecimiento y que su primo Jeremías repartió a los invitados tras su muerte como él había querido. Su médico personal confirmó, aquella maldita tarde de abril, la mala noticia: cuatro meses de vida, dijo. Y no se equivocó.
Nadie faltó al acaecimiento, ninguno de los veinte invitados. Hubo cuchicheos varios como era de esperar, la mayoría referentes a la excentricidad de Jesús y a su extraño sentido del humor, pero también, disimuladamente y con respeto, sacaban el tema del dinero, casi avergonzándose al hablar.
La ceremonia fue célebre, y el almuerzo no tardó en llegar. Se brindaba sin cesar a la memoria del ausente, por su alma se bebía, y apenas dos tragos sobraron para que se empezase a destacar por encima de todo las virtudes del bueno de Jesús.
Y fue así que Jeremías se acercó a la puerta de la cocina, y en voz alta y ronca dijo lo siguiente:
-Os leo esto que mi primo me entregó: “Mantened silencio como lo hace mi alma en estos momentos. Quien más aguante sin hablar, sin comer, sin beber, y sin marcharse o separarse del sitio donde está, será multimillonario, porque le hago entrega de todas mis haciendas, de todo mi capital y de mis empresas que tan bien funcionan. En mi nombre os muestra Jeremías la acreditación ante notario de esto que os cuento. Suerte y larga vida a todos”.

Enmudeció la sala. Pasaron dos horas, tres horas, ocho horas… Se escuchaba el tic tac de un reloj de propaganda colocado junto a una caja de chicles. De vez en cuando la tos de alguno de los presentes rompía el silencio, o el chirriar de un taburete al moverse. De la calle entraba el ruido de un ciclomotor que circulaba, parecía no parar nunca, cada vez más lejos…
Así pasó la noche entera, la madrugada, y amaneció a puertas cerradas el bar Chopo. Luego volvió a pasar un día más con su noche, y otro… y otro… Se escuchaban hasta los corazones latiendo, secos, el crujir de las articulaciones, respiraciones enfoscadas y mórbidas, pestañeos de sangre, el tragar amargo y costoso ante la pérdida de todos los dotes físicos y psicológicos, golpes de rodillas al caer, gemidos lastimeros, impactos contra el suelo de impotencia y agonía… Pero no hubo palabras.  J
esús supo llevarse a sus amigos con él; pudo comprarlos.

El dinero es como el estiércol: no es bueno a no ser que se esparza. "Sir Francis Bacon"



domingo, 26 de enero de 2014

Movimiento Ocular Rápido






LLEGA EL REM, AGÁRRATE,
ES TU VIDA, SON TUS SUEÑOS.
NUNCA ABANDONES.

—Ingresa tu soledad en un banco de niebla
a la hora más temprana de un día que te espera.
Será una forma bella de vivir
aligerando
de rutina
los sentidos.

Vas al trabajo, conduces, empieza a clarear…
—Aparca a un lado de la calzada, sal del coche.
Sonríes, sientes frío y sonríes.
Hoy es lunes, el fin de semana terminó.
Exprimiste la vida y conseguiste
un zumo de petróleo natural.

Con las manos en los bolsos
y el mentón en alza,
sobrevuelas la avenida como un pájaro
atento a las ráfagas de luz,
a olores que el viento porta.

Pasa gente: "buenos días".
Miras al horizonte, es un óleo
de bucólicos sabores y arropado
por el cielo hay un granado tortuoso,
un poema de Poe y el castillo de Almodóvar.

El pasto rociado de escarcha,
los naranjos aún tímidos se desperezan.
Son las siete y media de la mañana,
hay quien prepara una ducha caliente
y quien goza aún entre sábanas
del placer en brazos de Morfeo
o tal vez del sexo que madruga
cuando la luna afeita con espuma de amanecer.

—¡Vamos, venga!, ¡es la hora!
Un mensaje te advierte,
tu teléfono alarmista que te aleja del sopor.
Llegas a tu puesto, no sin antes gastar
una moneda.
Café solo que acompaña.
Y ahora el talle de artesano.

Te cobijas entre agujas de reloj,
vas creando, vas formando con tus manos.
Esculpes figuras de metal
y porfías con tu vida
para lograr el báculo
de un cliente veterano en la vejez
y en ser quien oferta la demanda;
so pena cuando erras de un azote y un cordel,
símbolo éste último de estrangulamiento
MEDITADO sin PREjuicio de que duela;
porque yerro es nacer humano
y de hierro piensan que es
el cuello del cumplidor.

Tu tripa gruñe, pronto llegará la hora del almuerzo,
saldrás disparado, te quitarás las botas
guardándolas en la taquilla de chapa que chirría.
—Cuando llegues a la taberna no olvides
afinar tus oídos para que aquella guitarra,
que se escapa fiera y flamenca de un altavoz,
te deleite.
Huele a carne con tomate y el asador
desprende calor que abruma
y divierte tu apetito con aromas
de vino blanco y perejil.

Te sientas a la mesa, notas algo.
Hoy no vino aquel amante de historietas,
hoy serás un comensal aislado.
—No engullas ese pollo, saborea,
pide reserva no reserves
y aquella tarta de manzana,
que aunque queden diez minutos
nadie es consciente de tus instantes,
atesóralos.

Y siempre que acaba la jornada
se congela el salario
y tu pellejo cuando te lavas
las manos en la pileta.

—Ve con calma.
Reconforta saber que has trabajado duro.

El camino de vuelta es el mismo
aunque menos añejo.
Las estructuras afiladas
que constituyen el entramado
de las instalaciones ferroviarias,
te sumergen por momentos
en un estado de hipnosis
que termina al pasar el tren
con su estruendo.

—Pon aquel disco que te motiva,
enzarza tus lamentos con tu canto prodigioso.

Abres la ventanilla, cincuenta kilómetros por hora,
empieza a llover. Sacas el brazo
y dejas que el agua juegue entre tus dedos,
quedando el rastro difuminado tras tu mano
durante milésimas de segundo.
Igual ocurre con los neumáticos en el asfalto.


Queda poco para llegar a casa,
el cansancio vicia tu atención,
se ensaña la noche negra con tu prudencia.
—Aparca ahí, hoy es tu día de suerte.

Freno de mano, suspiro; entras a tu hogar.
Recorre tu cuerpo una conocida melancolía.
Enciendes un cigarrillo, a pachas con ella.
Llenas el espacio de humo, perFumas el desencanto.
Y al fin algo de calma. Zambulles tu cuerpo en la bañera.
Haces gárgaras, cubres tu pelo de espuma,
te hundes…

Resurges cuando se templa el agua.
Sales desnudo y de puntillas,
como en sigilo.
Buscas la toalla que olvidaste preparar.
El vapor emana de tu piel,
se balancean tus atributos
al ritmo de tus caderas.

—Búscala luego en internet,
accede a la red y enrédate.
Sé feliz, escribe algo, lee algo.
Cena a su salud.
Finalmente caes rendido de un bostezo.
Tus labios cambian de color, tu rostro muta…
y sueñas.

—Ya ha terminado el lunes, al fin, ¿eh?
Ahora no hay tiempo ni espacio,
estás en tu interior.
¿Qué te apetece hacer?
Si quieres vamos de nuevo a New York
como la otra noche, con ella…
¿O quizá prefieres visitar aquellos campos
donde ya han edificado?
¿Le hacemos una visita a Elvis?
¿Y si nos vamos de aventuras a la selva?
¿Un sueño erótico, tal vez? ¿Pesadilla en Elm Street?
A ver… déjame pensar… ¡ya sé!

LLEGA EL REM, AGÁRRATE,
ES TU VIDA, SON TUS SUEÑOS.
NUNCA ABANDONES.


domingo, 6 de octubre de 2013

Callejón sin salida





Este trance (llamémoslo post auxiliar) es de esos en los cuales no sabes qué escribir y te quedas un poco así: -tralará, tralará…- etc.  Pues miren: ¿será que ya no tengo nada que decir? Puede que ahora no, puede que luego sí. Mientras llega ese mañana incierto me pongo a hurgar en mis cuadernos en busca de algún tesoro oxidado (olvidado), de esos que valoras porque guardan un vestigio de ti mismo (del que fuiste); y bueno, lo desempolvas, lo contemplas, lo toqueteas, y finalmente lo colocas en la estantería.
Este data de hace dos “jalogüines” y trata de una mujer cansada (casada) de su marido y que se entretiene en jugar (flirtear) por teléfono con nuestro protagonista. Nos situamos en un callejón sin salida donde al fin se encuentran cara a cara. Por un lado, el enamorado que narra en primera persona. Al otro, una mujer sedienta de cambios y envenenada por el hastío de su vida rutinaria. Y en tercera persona, un marido (martirio) sin recursos ya, sin inspiración y con los cables cruzados. Él no soportaría verla con otro hombre, mataría. Ella quiere deshacerse de él a toda costa (a posta). Y nuestro protagonista… bueno… juzguen ustedes, os dejo con él:




CALLEJÓN SIN SALIDA
          

          Me detuve en la madrugada soliviantado por las ganas de amarla y acariciado por el viento a través de aquel callejón sin salida. El reloj marcaba la hora. Encendí un cigarrillo, apagué mis nervios y miré al cielo sin estrellas de aquella oscura y escabrosa noche de Halloween. Ella no aparecía, mi inquietud se acentuó cuando noté que algo suave tocaba mis tobillos por detrás. Era un gato negro, ronroneando y manso como mi esperanza de verla llegar por la esquina. El gato trepó por un balcón perdiéndose en los tejados al tiempo que empezaba tímidamente a llover. Sopló de nuevo el viento susurrando a las paredes, cuando, un escalofrío recorrió mi nuca y suspiré algo angustiado.
          Al fin la vi venir. Sólo pude percibir su silueta sombría al entrar por el callejón. Conforme se acercaba, descubría su color: pelo rubio, piel clara y mirada cegadora; vestido negro, tacón de aguja, guantes de piel, labios rojos y un movimiento femme fatale que terminó por seducirme.  Sólo la conocía en la distancia, por teléfono, y al escuchar su voz supe que era ella. Me dijo: <<bésame antes de hablar>>.
          La verdad es que lo hubiera hecho, pero sentí unos pasos y miré tras ella, comprobando que alguien se acercaba sigilosamente. Era un hombre alto y con sombrero; intuí que algo no iba bien, debía dejar la escena, debía correr pero el muro que finiquitaba la calle me lo impedía.  << ¿Quién viene contigo, mujer? >> le pregunté con seriedad.
          Ella, haciendo alarde de un temperamento destructivo, contestó: << él no es nadie, sólo bésame >>.
          Por un segundo pensé en besarla. El personaje sombrío y misterioso cesó sus pasos, se quedó inmóvil, con las manos en los bolsillos.
          << Esto no me parece divertido >> le dije suavemente; y me entregó una pistola junto con un guiño y una escueto “ten cuidado”.
          <<No me jodas>> dije claramente. <<O nosotros o él>> contestó ella mientras esbozaba una sonrisa delicada pero siniestra. 



         
          Ahora estábamos más cerca que nunca, su nariz rozaba la mía, quietos, paralizados, y aquel hombre acechaba a escasos metros de nuestros corazones palpitantes, de nuestras cabezas mojadas por las pequeñas gotas de lluvia, y entonces la besé.
          <<¡¡¡BANG!!!>>
. Sonó un disparo, se me cayó la pistola al suelo y sobresaltado abrí los ojos en mitad del beso. Aquel hombre se voló la tapa de los sesos y en homenaje al Western americano, aún volaba su sombrero. Ella entonces me dijo: << adiós, no quiero volverte a ver >>.













(La imagen no es de mi autoría)

martes, 17 de septiembre de 2013

No mienten las sombras



          


          No mienten tus ojos. No mienten las sombras; pero la mente sí. Por eso toda verdad manifiesta secundará en el acto a los presentes siempre y cuando éstos gocen de plena facultad mental.



          Eran las dos de la madrugada cuando sonó el timbre. Juan dormía y no apreció el sonido en primera estancia. Estaba solo, recién acostado. Volvió a consumirle el ansia aquella noche y borracho anduvo de bar en bar hasta llegar rendido a casa, a esa hora maldita.
-¿Quién será a estas horas? –se preguntó por fin al alertarse con la insistencia de aquel ring ring dañino para su mareada cabezota.
Gruñendo se dirigió a la puerta. El suelo frío aliviaba su cogorza, el pasillo parecía un embudo. A ras del suelo, al final, bajo la puerta, un hilo de luz lo hipnotizaba. Se detuvo un minuto, le pesaban los párpados, sus ojos enrojecidos denotaban lo irritante de su estado. Abrió sostenido del picaporte, tambaleando. No vio nada ni a nadie, sólo el destello de una farola que parpadeaba defectuosa y tuvo la extraña sensación de que alguien chasqueaba un mechero. Miró a un lado. Luego al otro. La calle estaba desierta y embaucada por su triste y agónica memoria, la que le hacía ver la figura de su amada regando las flores en el jardín. Era una visión horrenda porque al girarse ella, gritaba muda y desencajada. Mantuvo el equilibrio milagrosamente y cerró sin echar llave ni pestillo alguno. Dio media vuelta y no hizo estudio de lo sucedido para retomar de nuevo el camino de vuelta a su cama vacía. Algo sorprendió en aquel momento a Juan.
-¿Quién anda ahí?... -preguntó malhumorado y con los puños cerrados- ¿quién es capaz de entrar en mi casa sin permiso?...


          En evidencia de cualquier mortal que sepa de esta historia, nadie contestó a esas preguntas. Pero él dejó este mundo hace tiempo para oscilar en el abismo que separa la vida y la muerte, lo real de lo irreal, el presente de cualquier otro tiempo. No era un hombre cuerdo, era humo, era un fantasma. Sus años de vanagloriosa vida terminaron una noche de pelea entre él y su compañera sentimental. Por lo cual, todo lo que a continuación se narra quizá os haga creer que nada de esto es verdad. Nada más lejos de la realidad, para él es justamente sufrimiento.

-… ¿Otra vez estás jugando al escondite, eh? Bien… Te encontraré y te agarraré, te revolcaré en el suelo, te amaré, ¿me escuchas? ¡Te amaré!
           Sus lágrimas caían como plomo en el azulejo, sus manos temblaban y escuchó de nuevo el chasquido del mechero… Y una vela se encendió. Un hombre anciano lo miraba, desnudo de cintura para arriba, tras unas gafas sucias y antiguas. El hombre levantó su mano y señaló la cocina. Juan, absorto y pálido esta vez, siguió la indicación con la mirada. Allí estaba ella, otra vez de espaldas, cocinando alguna delicia y cantando una alegre canción.
-Escucha –dijo Juan-. Escucha y no te vuelvas ni revuelvas. Yo… yo…

          No pudo continuar, su llanto lo impedía. Y en la soledad de la casa el canto de la mujer se alejaba disminuyéndose hacia la ultratumba. Ella volvió el rostro y de sus manos calló un vaso. Al estrellarse en el suelo se apagó la vela. El anciano, tranquilamente, encendió un cigarro dejando ver su boca cochambrosa, y entre pesares que a Juan atormentaban, habló.
-Dime, quién eres, quién crees ser, quién fuiste y quién crees que serás.
           El miedo, deshonesto apoderado, medía el pulso a Juan que se encontraba humillado, habiendo sido un padre de familia trabajador y cauto. Ante esta cábala, la de que su conciencia le hablaba, pues se indignaba a mirar al frente,  dijo al suelo:
-Soy todo cuanto di, di todo cuanto tuve… y me han abandonado. Mis tres hijos se han ido, no los veo desde hace meses. Y ella está pero no está. Sólo viene a limpiar y a cocinar. No me habla. No me toca la espalda. No me mira en absoluto.
           El anciano aspiró una calada tan grande que parecía ahogarse. La fumarada posterior fue mayor aún e inundó el escuro lugar. Entre tinieblas su voz llegaba a Juan desde todos los rincones.
-¿Acaso estás tan delgado de comer buenos guisos, decrépito personaje? ¡Dime pues de dónde sale toda la roña que apesta en esta casa abandonada! Y esos ojos tuyos, vacíos como un corazón disecado; ¿son acaso ojos que se llenan de verla a ella? Tu espalda ahora sólo obtiene latigazos y una cruz que cargarás el resto de tu vida.
-¡Márchate! ¡No sé qué quieres ni quién eres!
-¿No sabes quién soy? o ¿no sabes quién eres tú?
-¡Eres el espíritu de mi padre, maldito espectro que me repugnas! Eres él… eres igual…

         
          Juan colocó ambas manos en el espejo y al fin cayó en la cuenta de que hablaba solo. Su rostro era igual que el de su difunto padre, enmarcado junto al espejo. Al otro lado, en un portarretratos de mayor envergadura, su mujer posaba tierna y joven con un vestido florido en las faldas de una montaña. La noche en que Clementina murió recién acababan de tener una fuerte discusión. Murió de forma natural, pero Juan se culpaba de aquello, no podía soportarlo. La veía en todos los lugares de la casa y siempre que intentaba acercarse se le mostraba esquiva, huidiza o tremendamente furiosa. No debe ser fácil dominar la mente en un estado tan perturbado pero Juan lo logró. Siempre escuché que cuando alguien muere tras una enfermedad, tiene, justo al final, unos momentos de lucidez, de recuperación, en los que parece haberse sanado, como para irse tranquilo. Pues algo así debió pasarle. A la mañana siguiente despertó tumbado en el sofá del salón. Se puso en pie, era bien temprano. Preparó café y unas tostadas con aceite y ajo restregado. Limpió la casa de arriba abajo. Llamó a sus hijos y habló con ellos. Sorprendidos le preguntaron continuamente por su salud. Él, muy ávido, les persuadió con paparruchadas típicas de su por entonces amarga actitud para no obligarlos ni comprometerlos a nada ante la extrañeza de aquella llamada. Acto seguido salió de casa y fue hasta el cementerio. Llevó flores a sus padres y se acercó a la tumba de Clementina. Era la segunda vez que allí iba, la primera fue en el entierro.  Y dijo así en voz bajita, para sí mismo:
-Clementina, mi amor. Ya basta de discusiones, ni una más. Quiero que esta noche sea especial. Quiero que esta noche sea memorable. Te voy a preparar una sorpresa. Te espero a las nueve, como en los viejos tiempos.
          Juan, sonriente, salió del cementerio y se acercó al mercado donde compró vino, pescado y pasteles. Volvió a casa y de su huerto, lugar de paz en su vida, de trabajo y ocio al mismo tiempo, arrancó unos tomates, ajo y perejil. Desenterró también unas patatas y unas cebollas. Luego leyó los diez últimos capítulos de un libro que abandonó hacía muchísimo tiempo. Para el almuerzo visitó a un viejo amigo el cual lo invitó a comer. Después tomó café en el bar de la esquina, y, dejando propina, advirtió de lo falso y sucio que resulta el dinero, pero que en buenas manos, brilla como el tesoro que puede ser.
          Por fin llegó la noche y Juan se acicalaba frente al espejo. Lucía una corbata que Clementina le regaló unas navidades. Sus zapatos eran los mismos que llevó a la boda de su hijo pequeño. El reloj, bien conservado, era un regalo de su segundo hijo. Abrió la cartera para cerciorarse de que en ella había una foto de su hijo mayor, de cuando hizo la mili. Preparó con esmero una cena exquisita, en el horno, con los manjares que había adquirido en el mercado y sus hortalizas. Se sentía nervioso y excitado. Puso en la mesa las viandas y unas flores en el centro. Eran las nueve de la noche, menos cinco minutos. Juan se acercó de nuevo al espejo y agarró el portarretratos de su mujer.
-Mi amor… -suspiraba.
          Miró la hora: las nueve en punto. Sonó el timbre y atravesó el pasillo. Tragando saliva abrió la puerta a la nostalgia, y allí estaba ella, brillante como el sol de invierno, linda como un jardín en primavera.
-Date la vuelta, Clementina, deja que vea tus ojos y abrázame. Pon tus manos en mi espalda y déjame besarte como si no hubiera otro momento en el que hacerlo.
          
                                            Juan cerró los ojos para besarla y soñar
                                       despierto que la comía, hambriento de amor,
                                         tan contento de verla bella y como una flor.
                                             Sus rodillas volvieron a tocarse a la par

                                       que sus manos buscaban con ahínco enlazar
                                          sus dedos logrando el regreso, abrumador.
                                           Es vigor y muerte, es un final conciliador
                                    el de un hombre perdido que acaba de encontrar

                                         la senda de vuelta que un día fue recorrida
                                           sin afán de lucro sino ganas de progreso.
                                        Y así fue que en la puerta de su casa la vida

                                       lució con lágrima y retomó esta vez sin peso
                                   lo que unió un día por ambos que fue en la pedida
                                      y que ahora por siempre descansa sin regreso.




(A la memoria de cuantos amores existieron)





(La imagen no es de mi autoría)