No mienten tus ojos. No mienten las
sombras; pero la mente sí. Por eso toda verdad manifiesta secundará en el acto
a los presentes siempre y cuando éstos gocen de plena facultad mental.
Eran las dos de la madrugada cuando
sonó el timbre. Juan dormía y no apreció el sonido en primera estancia. Estaba
solo, recién acostado. Volvió a consumirle el ansia aquella noche y borracho
anduvo de bar en bar hasta llegar rendido a casa, a esa hora maldita.
-¿Quién será a estas horas? –se preguntó por fin al alertarse con la
insistencia de aquel ring ring dañino
para su mareada cabezota.
Gruñendo se dirigió a la puerta. El suelo frío aliviaba su cogorza, el pasillo
parecía un embudo. A ras del suelo, al final, bajo la puerta, un hilo de luz lo
hipnotizaba. Se detuvo un minuto, le pesaban los párpados, sus ojos enrojecidos
denotaban lo irritante de su estado. Abrió sostenido del picaporte, tambaleando.
No vio nada ni a nadie, sólo el destello de una farola que parpadeaba
defectuosa y tuvo la extraña sensación de que alguien chasqueaba un mechero.
Miró a un lado. Luego al otro. La calle estaba desierta y embaucada por su
triste y agónica memoria, la que le hacía ver la figura de su amada regando las
flores en el jardín. Era una visión horrenda porque al girarse ella, gritaba
muda y desencajada. Mantuvo el equilibrio milagrosamente y cerró sin echar
llave ni pestillo alguno. Dio media vuelta y no hizo estudio de lo sucedido
para retomar de nuevo el camino de vuelta a su cama vacía. Algo sorprendió en
aquel momento a Juan.
-¿Quién anda ahí?... -preguntó malhumorado y con los puños cerrados- ¿quién es
capaz de entrar en mi casa sin permiso?...
En evidencia de cualquier
mortal que sepa de esta historia, nadie contestó a esas preguntas. Pero él dejó
este mundo hace tiempo para oscilar en el abismo que separa la vida y la
muerte, lo real de lo irreal, el presente de cualquier otro tiempo. No era un
hombre cuerdo, era humo, era un fantasma. Sus años de vanagloriosa vida
terminaron una noche de pelea entre él y su compañera sentimental. Por lo cual,
todo lo que a continuación se narra quizá os haga creer que nada de esto es
verdad. Nada más lejos de la realidad, para él es justamente sufrimiento.
-… ¿Otra
vez estás jugando al escondite, eh? Bien… Te encontraré y te agarraré, te
revolcaré en el suelo, te amaré, ¿me escuchas? ¡Te amaré!
Sus lágrimas caían como plomo en el azulejo, sus manos temblaban y escuchó de
nuevo el chasquido del mechero… Y una vela se encendió. Un hombre anciano lo miraba, desnudo
de cintura para arriba, tras unas gafas sucias y antiguas. El hombre levantó su
mano y señaló la cocina. Juan, absorto y pálido esta vez, siguió la indicación
con la mirada. Allí estaba ella, otra vez de espaldas, cocinando alguna delicia
y cantando una alegre canción.
-Escucha –dijo Juan-. Escucha y no te vuelvas ni revuelvas. Yo… yo…
No pudo continuar, su llanto lo impedía. Y en la soledad de la casa el canto de
la mujer se alejaba disminuyéndose hacia la ultratumba. Ella volvió el rostro y
de sus manos calló un vaso. Al estrellarse en el suelo se apagó la vela. El
anciano, tranquilamente, encendió un cigarro dejando ver su boca cochambrosa, y
entre pesares que a Juan atormentaban, habló.
-Dime, quién eres, quién crees ser, quién fuiste y quién crees que serás.
El miedo, deshonesto apoderado, medía el pulso a Juan que se encontraba
humillado, habiendo sido un padre de familia trabajador y cauto. Ante esta
cábala, la de que su conciencia le hablaba, pues se indignaba a mirar al frente, dijo al suelo:
-Soy todo cuanto di, di todo cuanto tuve… y me han abandonado. Mis tres hijos
se han ido, no los veo desde hace meses. Y ella está pero no está. Sólo viene a
limpiar y a cocinar. No me habla. No me toca la espalda. No me mira en absoluto.
El anciano aspiró una calada tan grande que parecía ahogarse. La fumarada
posterior fue mayor aún e inundó el escuro lugar. Entre tinieblas su voz
llegaba a Juan desde todos los rincones.
-¿Acaso estás tan delgado de comer buenos guisos, decrépito personaje? ¡Dime
pues de dónde sale toda la roña que apesta en esta casa abandonada! Y esos ojos
tuyos, vacíos como un corazón disecado; ¿son acaso ojos que se llenan de verla
a ella? Tu espalda ahora sólo obtiene latigazos y una cruz que cargarás el
resto de tu vida.
-¡Márchate! ¡No sé qué quieres ni quién eres!
-¿No sabes quién soy? o ¿no sabes quién eres tú?
-¡Eres el espíritu de mi padre, maldito espectro que me repugnas! Eres él… eres
igual…
Juan colocó ambas manos en el
espejo y al fin cayó en la cuenta de que hablaba solo. Su rostro era igual que
el de su difunto padre, enmarcado junto al espejo. Al otro lado, en un
portarretratos de mayor envergadura, su mujer posaba tierna y joven con un
vestido florido en las faldas de una montaña. La noche en que Clementina murió
recién acababan de tener una fuerte discusión. Murió de forma natural, pero
Juan se culpaba de aquello, no podía soportarlo. La veía en todos los lugares
de la casa y siempre que intentaba acercarse se le mostraba esquiva, huidiza o
tremendamente furiosa. No debe ser fácil dominar la mente en un estado tan
perturbado pero Juan lo logró. Siempre escuché que cuando alguien muere tras
una enfermedad, tiene, justo al final, unos momentos de lucidez, de
recuperación, en los que parece haberse sanado, como para irse tranquilo. Pues
algo así debió pasarle. A la mañana siguiente despertó tumbado en el sofá del
salón. Se puso en pie, era bien temprano. Preparó café y unas tostadas con
aceite y ajo restregado. Limpió la casa de arriba abajo. Llamó a sus hijos y
habló con ellos. Sorprendidos le preguntaron continuamente por su salud. Él,
muy ávido, les persuadió con paparruchadas típicas de su por entonces
amarga actitud para no obligarlos ni comprometerlos a nada ante la extrañeza de
aquella llamada. Acto seguido salió de casa y fue hasta el cementerio. Llevó
flores a sus padres y se acercó a la tumba de Clementina. Era la segunda vez
que allí iba, la primera fue en el entierro.
Y dijo así en voz bajita, para sí mismo:
-Clementina, mi amor. Ya basta de discusiones, ni una más. Quiero que esta
noche sea especial. Quiero que esta noche sea memorable. Te voy a preparar una
sorpresa. Te espero a las nueve, como en los viejos tiempos.
Juan, sonriente, salió del
cementerio y se acercó al mercado donde compró vino, pescado y pasteles. Volvió
a casa y de su huerto, lugar de paz en su vida, de trabajo y ocio al mismo
tiempo, arrancó unos tomates, ajo y perejil. Desenterró también unas patatas y
unas cebollas. Luego leyó los diez últimos capítulos de un libro que abandonó
hacía muchísimo tiempo. Para el almuerzo visitó a un viejo amigo el cual lo
invitó a comer. Después tomó café en el bar de la esquina, y, dejando propina,
advirtió de lo falso y sucio que resulta el dinero, pero que en buenas manos,
brilla como el tesoro que puede ser.
Por fin llegó la noche y Juan se acicalaba
frente al espejo. Lucía una corbata que Clementina le regaló unas navidades.
Sus zapatos eran los mismos que llevó a la boda de su hijo pequeño. El reloj,
bien conservado, era un regalo de su segundo hijo. Abrió la cartera para
cerciorarse de que en ella había una foto de su hijo mayor, de cuando hizo la
mili. Preparó con esmero una cena exquisita, en el horno, con los manjares que
había adquirido en el mercado y sus hortalizas. Se sentía nervioso y excitado.
Puso en la mesa las viandas y unas flores en el centro. Eran las nueve de la
noche, menos cinco minutos. Juan se acercó de nuevo al espejo y agarró el
portarretratos de su mujer.
-Mi amor… -suspiraba.
Miró la hora: las nueve en
punto. Sonó el timbre y atravesó el pasillo. Tragando saliva abrió la puerta a
la nostalgia, y allí estaba ella, brillante como el sol de invierno, linda como
un jardín en primavera.
-Date la vuelta, Clementina, deja que vea tus ojos y abrázame. Pon tus manos en
mi espalda y déjame besarte como si no hubiera otro momento en el
que hacerlo.
Juan cerró los ojos para besarla y soñar
despierto que la
comía, hambriento de amor,
tan
contento de verla bella y como una flor.
Sus rodillas volvieron a tocarse a la par
que sus manos
buscaban con ahínco enlazar
sus dedos logrando el regreso, abrumador.
Es vigor y muerte, es un final conciliador
el de un hombre perdido
que acaba de encontrar
la
senda de vuelta que un día fue recorrida
sin afán de lucro sino ganas de progreso.
Y así fue que en la
puerta de su casa la vida
lució
con lágrima y retomó esta vez sin peso
lo que
unió un día por ambos que fue en la pedida
y
que ahora por siempre descansa sin regreso.
(A la memoria de cuantos amores existieron)

(La imagen no es de mi autoría)