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domingo, 6 de octubre de 2013

Callejón sin salida





Este trance (llamémoslo post auxiliar) es de esos en los cuales no sabes qué escribir y te quedas un poco así: -tralará, tralará…- etc.  Pues miren: ¿será que ya no tengo nada que decir? Puede que ahora no, puede que luego sí. Mientras llega ese mañana incierto me pongo a hurgar en mis cuadernos en busca de algún tesoro oxidado (olvidado), de esos que valoras porque guardan un vestigio de ti mismo (del que fuiste); y bueno, lo desempolvas, lo contemplas, lo toqueteas, y finalmente lo colocas en la estantería.
Este data de hace dos “jalogüines” y trata de una mujer cansada (casada) de su marido y que se entretiene en jugar (flirtear) por teléfono con nuestro protagonista. Nos situamos en un callejón sin salida donde al fin se encuentran cara a cara. Por un lado, el enamorado que narra en primera persona. Al otro, una mujer sedienta de cambios y envenenada por el hastío de su vida rutinaria. Y en tercera persona, un marido (martirio) sin recursos ya, sin inspiración y con los cables cruzados. Él no soportaría verla con otro hombre, mataría. Ella quiere deshacerse de él a toda costa (a posta). Y nuestro protagonista… bueno… juzguen ustedes, os dejo con él:




CALLEJÓN SIN SALIDA
          

          Me detuve en la madrugada soliviantado por las ganas de amarla y acariciado por el viento a través de aquel callejón sin salida. El reloj marcaba la hora. Encendí un cigarrillo, apagué mis nervios y miré al cielo sin estrellas de aquella oscura y escabrosa noche de Halloween. Ella no aparecía, mi inquietud se acentuó cuando noté que algo suave tocaba mis tobillos por detrás. Era un gato negro, ronroneando y manso como mi esperanza de verla llegar por la esquina. El gato trepó por un balcón perdiéndose en los tejados al tiempo que empezaba tímidamente a llover. Sopló de nuevo el viento susurrando a las paredes, cuando, un escalofrío recorrió mi nuca y suspiré algo angustiado.
          Al fin la vi venir. Sólo pude percibir su silueta sombría al entrar por el callejón. Conforme se acercaba, descubría su color: pelo rubio, piel clara y mirada cegadora; vestido negro, tacón de aguja, guantes de piel, labios rojos y un movimiento femme fatale que terminó por seducirme.  Sólo la conocía en la distancia, por teléfono, y al escuchar su voz supe que era ella. Me dijo: <<bésame antes de hablar>>.
          La verdad es que lo hubiera hecho, pero sentí unos pasos y miré tras ella, comprobando que alguien se acercaba sigilosamente. Era un hombre alto y con sombrero; intuí que algo no iba bien, debía dejar la escena, debía correr pero el muro que finiquitaba la calle me lo impedía.  << ¿Quién viene contigo, mujer? >> le pregunté con seriedad.
          Ella, haciendo alarde de un temperamento destructivo, contestó: << él no es nadie, sólo bésame >>.
          Por un segundo pensé en besarla. El personaje sombrío y misterioso cesó sus pasos, se quedó inmóvil, con las manos en los bolsillos.
          << Esto no me parece divertido >> le dije suavemente; y me entregó una pistola junto con un guiño y una escueto “ten cuidado”.
          <<No me jodas>> dije claramente. <<O nosotros o él>> contestó ella mientras esbozaba una sonrisa delicada pero siniestra. 



         
          Ahora estábamos más cerca que nunca, su nariz rozaba la mía, quietos, paralizados, y aquel hombre acechaba a escasos metros de nuestros corazones palpitantes, de nuestras cabezas mojadas por las pequeñas gotas de lluvia, y entonces la besé.
          <<¡¡¡BANG!!!>>
. Sonó un disparo, se me cayó la pistola al suelo y sobresaltado abrí los ojos en mitad del beso. Aquel hombre se voló la tapa de los sesos y en homenaje al Western americano, aún volaba su sombrero. Ella entonces me dijo: << adiós, no quiero volverte a ver >>.













(La imagen no es de mi autoría)

jueves, 18 de julio de 2013

Al estanque del amor





Vamos todos al estanque del amor, donde gimen las camas, los hombres son pescados y los peces pescadores; mujer que posa, desnuda, sentada en su silla de madera con las piernas cruzadas y los labios rosados. Si atienden al lloro sus ojos,  llueve, y si ella duerme la luz se apaga. Donde el agua sabe a fresas o limón, donde refleja un cometa de cola endeble dispuesta a enderezar.
Vamos todos al estanque del amor donde hay soles rojos y violetas; barcas de sensualidad. Remarán sus uñas largas y no habrá Caronte ni Sirenas, sólo prendas leves y el bailar de sus caderas en tu sien, la mirada de Afrodita y el deseo sin cortinas, nada oculto a la intención.
Aleteo de libélulas; el sentido auditivo, la ilusión óptica. Te observan, capturan tu giro, tu posición, sin perturbarte o lo contrario, vuelan velozmente y te cortejan.
Nadie estando cerca pasó sed, nadie olvida su sabor, sus encantos de mujer.

Estanque de amor, dinero y salud brindada.






(Imagen: obra de
Henryk Siemiradzki)

domingo, 18 de noviembre de 2012

Chatarra en venta

Eran tiempos de cambio. No es demasiado antigua esta antigualla, valga la redundancia. Allá por el dos mil once, más menos un año, escribía y leía en un grupo literario llamado GrupoBúho, el cual sigue desde Facebook de forma privada. Había pues, la posibilidad de publicar no solo en tu blog particular desde ese foro sino también en unos apartados que se hacían llamar rincones literarios. Para uno de ellos escribí esta "chatarra".






Diez años de empleo y cinco de hipoteca a las espaldas. Una mañana cualquiera amaneció en números y ojos rojos, sin casa, sin afeitar y con ganas de acabar con todo.
Le dio un beso de buenos días a su abogado y arrancó una hoja de su cuaderno de poesías. La untó con mantequilla y pensó:
-No creí que estuvieran tan malas cuando las escribí.



CHATARRA EN VENTA


…Y el tiempo muerde, es la vida; camiones cargados de chatarra rugen por la avenida de la redención; y el miedo innato que asesina…
Es su disfraz el valor en la piel de un conductor suicida, en el asiento de al lado.

Un convoy los escolta, la morralla ha de llegar a su destino final. Los camiones chocan entre sí haciendo saltar partículas incandescentes, provocando chirridos rallantes. Dejan en el aire un fuerte olor a gasóleo y polvo metálico.

No llegará a buen puerto la carga, quedará en su memoria para siempre. Abrió un comercio
en Ronda de los Tejares; vendía ceniceros de lata con ceniza; tornillos trasroscados; tuercas que apretaron demasiado; barrotes moldeados para sostener el cielo; retales de acero templado; bulones oxidados y abocardados; usillos torcidos… Cucharas de palo.

...Y el tiempo muerde, es la vida.
Sus dientes de oro se limpian antes de comer para aparentar saciedad sin haber comido.


















(La imagen es de mi autoría) 

martes, 2 de octubre de 2012

Brisa pasajera





He querido, esta tarde cambiante y algo aturdida para mí, compartir con todos mis compañeros de letras y blogs, además de con quien guste pasar, esta prosa escrita hace unos años para una mujer que conocí y a la que ya he dejado de conocer. Capricho de los que escribimos es poner título para así enmarcar lo creado. De todos modos parece ser una norma en esto de los bloggers. A veces no es necesario. En este caso, por ejemplo, yo tengo guardadas estas letras con el título de “tus ojitos”. Junto con alguna prenda que me regaló y que todavía aguanta el placaje de los años, estas letras son un recuerdo material de aquel momento. Ahora les he cambiado el título, ya que es improcedente. También quiero añadir unos versos, los improviso justo ahora. Apoyo con firmeza la magia del directo, como en los buenos conciertos.  La mitad de lo que pongo en este blog es en directo, como los siguientes versos (me encuentro un poco cansado, lo confieso, como también confieso que esto que vais a leer todavía no lo he escrito):



Una mano sincera
es lo que añoro,
pero descubro mi tacto
insensible al pasado hundido.
Una humilde sombra
es lo que quisiera ver
desde la ventana
bajo la luz que alumbra el soportal.

Sería una silueta femenina
con un alma a prueba de fantasmas.
Sería mi gloria pero sólo
soy un cadáver venidero.
Y ante tal abrupta reflexión
me queda escribir un verso:
no soy nadie sin ti, seas quien quiera que seas.





BRISA PASAJERA

  

          Hay una nube que cubre la urbe, tus ojitos miran al otro lado, como la lumbre derriten lo helado y pestañean… un ratito no me miran y luego vuelan libres.

          Parpadean, anuncian serenidad, fijación por este tiempo que les deja brillar. Son bonitos, cargados de naturalidad, volcados en la espontaneidad, tus ojitos… tus ojitos.

          Se sostiene tu mirada en el encanto, en la magia de un sueño que resplandece. También en la tormenta, afligiendo la oscuridad con su luz de relámpago.

          Sinceros son tus ojitos, lagrimean como fina lluvia, colorean con su iris y su mirar la brisa pasajera, esa que puede hacer sollozar, aunque sea suave, aunque sea leve, aunque breve… escuece.

          Tus ojitos han nacido… mis sentidos, renacidos.

sábado, 14 de julio de 2012

PLANETA HELADO









 “Esto lo escribí allá por el año 2000 para lo que en principio iba a ser una canción  pero que se quedó, definitivamente, muda y abrasiva, en letras y nada más. Algunas estrofas están modificadas para corregir algunos despistes grosos y naturales de aquella edad y cometer otros distintos, aunque la mayoría siguen estando igual. Y ya que tengo confianza en este blog, también os aconsejaré no hacer demasiado caso al significado de estos versos, si se les puede llamar así a estas alturas, puesto que ya ni recuerdo en que pensaba para escribir esta historia desordenada de ciencia ficción. Sí recuerdo que le busqué melodía, sin éxito. Soy hasta capaz, ahora que la he retomado por tercera vez buscando algo en ella, aunque no sé bien qué, de decir que se trata de una batalla bélica universal, de un follón de motivos abstractos o de un no sé qué para transmitir una agonía dramática y estrambótica. ¿Locura pasajera? ¡No, qué va! Locura permanente, ¡qué carajo!
Ahí queda eso, no se me ocurre nada más que decir para disculparme por el atrevimiento, siendo la primera causa de éste el querer compartir estas letras con ustedes."





PLANETA HELADO



Flotando en el universo, marchando por la galaxia,

al filo de un precipicio

sin puente y un terremoto

arremete con arrogancia.

Puede ser planeta helado, culpa del Sol estando alejado.

Puede ser planeta oscuro, negro de lejanía por estar callado.


Los tornados del desierto contrastan con su talento.

Volcán en erupción, remolino a huracán,

veneno serpentino por las venas de la vida,

por presentes… por destinos.



Lápida en blanco jamás inscrita, tumba de la muerte,

pasando arenas movedizas, corazón ardiente;

y el viento del lamento agita en el cementerio

las tristes cenizas.



Hubo historias de piratas, el capitán mandó

girar a estribor el timón,

y no hubo tiempo de bonanza, corrientes marinas,

cambios de marea; oleaje, barco al abordaje.



Música de guitarra que deleita a los espíritus

y entre tinieblas se desgarra la moribunda alma.

Es ella, la del mundo entero; féretro sin entierro,

tristeza de la alegría, calma en la noche fría.



Míseros, asesinos del inocente, culpables pero inconscientes.

No hay sangre para el destierro ni palabras del desterrado;

asteroide solitario con mucho tiempo, sin horario.

Su cuerpo es roca, sacrificado será animal, microorganismo o vegetal.

Libre o encarcelado con cadenas de hierro forjado,

es pena y sufrimiento la luz que alumbra su tormento.

Qué caiga un rayo de alto voltaje y avive en su mente,

raro paraje,

los torbellinos de oscuridad y temblores

que resucitan su coraje.



Horóscopos sin futuro, escorpio enamorado de sagitario,

constelación apagada, granizos contra la lava.

Torrente de calor y sed, cuerpo y aura omnipotentes

para entender las plegarias, para aguantar las borrascas

en el espacio…  Su voz ya siente cansancio.



Misterios del más allá, ciencia y fuerza,

alianza, mal y paz. Éter, espejo cóncavo.

Vértigo de esta senda por la misión que le encomienda.

Y en la atmósfera, urna cerrada,

globo terrestre sin rumbo ni dirección,

estampida que acorrala sea cual sea la dimensión.



Náufrago de siete mares que juntos son un océano,

en el fondo una estrella, meteorito mojado.

Dueño de la tempestad que revienta los tímpanos,

frente a un pez con alas de dragón, frente a la avalancha

un diminuto copo de nieve, lluvia de cristal.



El iceberg destrozado, el sistema solar retirado,

sola queda la luna, cubierta de arena formando dunas.

El ataúd baja las cataratas, la cruz tallada en el horizonte

rodeada de piedras en el más hermoso monte.



El eclipse, esquinazo de ojos, frente a frente con la Tierra.

Perdido en el vicio del pensamiento, de espaldas

y escondidos los sentimientos,

acobardados en la cueva, junto a un pequeño manantial subterráneo,

mil y una estalactitas,

goteando agua como el llanto retenido de quien no puede,

de quien lucha, de quien aguanta las inclemencias del tiempo.



Al final de la cascada se anuncia que todo acabó, pero la bombilla no está apagada.

Niebla gris, nubes negras, relámpagos que aterrorizan la superficie,

castillo tenebroso, truenos que acaban con cualquier especie.

Su cuerpo pelea contra la rabia por mala ruta

y sólo una esperanza,

en un infinito barranco, piensa en el vacío; aparece el arcoíris

y acaba la matanza.









(Las imágenes no son de mi autoría, sería fantástico, pero no)


miércoles, 20 de junio de 2012

Fotogramas en la mente

Estos fotogramas son escritos en el año 2010 en profundo estado de bienestar y tranquilidad. Rescatados de un cuaderno, y habiendo sido publicados ya con anterioridad en internet, vuelvo a sacarlos de paseo.








No entres en mi corazón, tallado de angustia, forrado de viejas telas. Si entras no rebusques demasiado porque poco encontrarás, vendí parte y ahora necesito llenarlo sin cambiar el mobiliario. Aunque no le vendría mal un pequeño cambio, quizá en su cuarto de estar, o en la cocina donde arde a fuego lento. En mi boca está el balcón, con vistas a esta vida que miro.



Un día cualquiera de hace aproximadamente un año:

Era casi la hora de levantarse cuando desperté, y para aprovechar el ratito que quedaba mi pensamiento empezó a proyectar imágenes sin cesar, una tras otra, entremezclándolas y percibiendo con total entrega cada una de las sensaciones que puedan causar en vida tales visiones. Me vi apenas durante cinco minutos en millones de sitios, con diferentes estados de percepción, y esos cinco minutitos fueron placenteros y largos, saciándome de buen humor.



Acaricié al más bello animal, su pelo era suave y hablaba con ternura. Yo lo entendía, yo era como él y brotaron lágrimas de sus ojos. Lo acogí y enmendé la tristeza que por sus patas cansadas de vejez habitaba en su solitario andar, en el frío de la noche y de la soledad. Sus orejas se levantaron, su rabo empezó a bailar y yo entonces fui quien lloraba, lo había salvado, mi alegría era grande e intensa, como el fuego del sol. Pero sólo alucinaba.

A mis espaldas también estaba yo, besando a la más guapa de las camareras en aquel frecuentado bar de tapas. Esta vez no me dejó duda alguna, esta vez me dijo claramente sí, y volví a coger su mano, pero ahora también me ofreció su flor, la riqueza tras sus labios, su dulce pecho y sus ágiles piernas. Yo, aunque dormido estaba, asumí el compromiso y salté sobre su cuerpo moreno, comiéndome su piel, entregándome hasta caer rendido, con todas mis fuerzas, cubriéndome de sudor, con los ojos fijos y una sonrisa pequeña surgida de la entrega; placer y entusiasmo.

Me vi eterno y apenas eran segundos que hice largos. Me senté a la mesa, comí el más suculento manjar saciando el apetito, bebí del agua más pura, respiré del campo, me quedé repleto y a gusto después del postre y un baño relajante. Platiqué con mi mejor amigo, mis palabras esta vez parecían salir de mi cuaderno, su amistad era la misma de siempre, y yo, entre dormido y despierto, toqué su espalda, lo abracé después y le regalé un objeto que no sé bien que es. Él me obsequió con su tiempo, así al menos lo interpreto yo.

Aún no había sonado el despertador y hacía tan sólo cinco minutos que empecé a gozar con estos sueños tan reales. Consciente de mi fortuna di media vuelta en la cama, apreté mi almohada y respiré hondo; estiracé mis piernas  mientras entraba en casa ajena siendo bienvenido; volvía de alguna galaxia lejana con más vida que antes; terminaba de reír justo cuando empezaba a sonreír… te vi también, sentí tu querer, nadé en el manantial al abrumo del canto vital, naturaleza resplandeciente de tonos verdes, azules, rojos, amarillos, marrones, naranjas…





Llegó la hora de calzarse las botas, y sentado en la cama, tras el típico tocamiento en la entrepierna, me levanto y voy al baño entre bostezos, me echo agua fresquita en la cara, miro al espejo, me peino a mano, me quito el pendiente, el colgante egipcio, el anillo de plata u hojalata, ¡qué más da! Cojo el reloj que nunca gasta su pila, el bocadillo que preparé a la ligera la noche anterior, la medicina y las llaves del coche, y las fuerzas que acostumbro a exprimir… y las ganas de vivir.



Me espera un buen día, espero también que uno a uno, los minutos nos den a cada uno, un buen y estable mundo, aunque sólo sean segundos. Rotundo será el  gesto de quien aprecia cuando le entreguemos nuestro tiempo.





(La imagen no es de mi autoría, es de Dalí)