En la
habitación del hotel
estaba la cama hecha
y el amor sin hacer.
Entramos,
cerramos la puerta, colocamos la tarjeta electrónica en su ranura... las
maletas caen al suelo y nos enganchamos con furia, desatando el deseo más
intenso, liberando del tártaro nuestras más cautivas perversiones sexuales, desordenando
formalidades, rompiéndonos la camisa, los pantalones, y empapándonos de saliva
y fluidos.
Le dimos la vuelta a la habitación,
la cama quedó deshecha
y hecho yació el amor.
Hablamos
un poquito, soñamos, y como protagonistas de una película salimos volando por
la ventana. “Este es el mejor comienzo
para un viaje. El primer monumento a visitar: tu cuerpo”. Habiendo dejado entonces el impulso mancebo de nuestros apetitos en aquella
habitación, vamos viendo como la luz de la ventana se aleja, volando en la
noche estrellada y serena del mejor de todos los veranos. Nuestros cuerpos ingrávidos
y ligeros espuman el aire fresco, sus labios endulzan mis papilas y el perfume
de su cuerpo es cómplice del aspecto enervo de una luna observadora.
Lengua
de sombra azul,
lejana alfombra donde aterrizar
luego de tener en brazos mi Cruz.
El
relente nos peina y en oídos nuestros que es sonada la campana de una vieja
catedral, allá al fondo, allá abajo… "mira y vislumbra luces pequeñas, amarillas
y naranjas entre tanta oscuridad". No es tarde, nunca lo es estando
juntos. Las transparencias de su camisón de viento, el mismo que me envuelve
mientras la abrazo y recorro su tronco suave, dejan que vea su alma luminosa, y
mi cuerpo desnudo, que puede helarse, se calienta y prende cuando sus ojos
juguetones me sonríen.
Sensaciones etéreas, pies descalzos,
recorre mi organismo la pasión
de tenerla en mi regazo.
Justo
ahí, nos paramos justo ahí… Movemos nuestras piernas como a nado pero en vuelo
estamos y la agarro. Acaricia mi pecho, mi estómago, mi todo… Y engarzamos,
a ritmo fugaz, nuestros dedos, nuestras manos, mi embestida y un gemido, el arrope
de sus brazos con mi espalda, mis costados. Las gotas de sudor se difuminan
bajo nuestros cuerpos, la aurora avisa con su rojo escarlata y entre tanto,
bajamos relajados, con miradas infantiles, hasta tocar la punta de una montaña
con nuestros talones. A partir de ahí, justo a partir de ahí es cuando ponemos
los pies en el suelo, encendemos una hoguera y calentamos pan, leche y cariño.