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domingo, 25 de noviembre de 2012

La gran implosión





          Están temblando los cimientos de la vida, titilando la luz del sol ahora al otro lado del hemisferio. Tengo el corazón en un puño, sé que de un momento a otro todo se convertirá en nada. Me gustaría dormir y así no enterarme, irme tranquilo hacia un lugar incierto, hacia el fin de la existencia. Debiera estar orgulloso de poder escribir esto, porque todo lo escrito a través de los siglos se borrará junto a estas letras. Adiós a los poemas épicos de Homero, al Quijote de Cervantes, a Dante y a Shakespeare. ¡Adiós mundo cruel!, me lleno de incertidumbre, miro la ventana de mi habitación y me estremezco, hay una luz rojiza, críptica y escabrosa haciendo contraste con la oscura noche. Vuelve a vibrar la mesita de noche, la lamparilla se apaga y se enciende, parece que hubiera una guerra, parece que un estallido se avecina, la gran implosión tal vez, el concluir de los tiempos.
          Me incorporo, me aferro a un cigarrillo y tembloroso doy vueltas por mi dormitorio. Tengo la sensación de estar en un barco a la deriva, la leve certeza de que fuera hay tormenta y el ancho mar agita la embarcación propagando el pánico entre los tripulantes, azotando hasta en lo más profundo del angosto pensamiento humano. Me acerco a la puerta… ¡está atascada! ¡Maldita sea! He de salir, ¿¡qué demonios ocurre fuera!? Lo intento reiteradamente, la golpeo con el puño y me hago añicos el nudillo. Me estoy mareando. Vuelve a mí aquella dislexia que antaño me agobiaba en la lectura, pero ahora enfocada al entendimiento sensorial conforme al entorno. Estoy a punto de vomitar. Me tumbo en el suelo, jamás estuvo tan frío, me gusta, me alivia.
          Todo está borroso pero no pierdo el conocimiento e intento mantener mis rodillas flexionadas. Ya no puedo aguantar más el vómito y vuelco mi cabeza hacia un lado. No debe haberme sentado bien el pato asado de la cena… ¿Habrá sido la última cena? He de saber qué ocurre, he de ponerme en pie y lo hago. Vuelvo a la puerta e intento abrirla de nuevo. La sangre me gotea por los codos, no quiero marearme de nuevo, ahora no. Definitivamente se apaga la lamparilla, la luz no funciona, acudo al teléfono móvil que hace un momento me indicaba las actualizaciones y se ha desintegrado, no lo encuentro… ¿dónde está? Miro hasta debajo de la cama por si se ha caído pero es inútil, ha desaparecido.
          Empiezo a desesperarme, estoy acongojado ante esta inquietante situación. Suena un pitido que me es familiar… ¡el móvil! ¡Ahí está! Se ha iluminado, está en el suelo. Es un mensaje de amor. Mi mujer ha escrito, dice que me quiere, que le gustaría estar a mi lado en estos momentos. No puedo evitar llorar, la cólera me posee. Me lanzo furioso hacia la puerta y la derribo rompiéndome el hombro y quedando noqueado en el piso. El golpe ha sido desmesurado…

          Con cierta dificultad logro percibir un bochorno sofocante y noto un fuerte efluvio, como emanando de una alcantarilla, algo podrido. Al mover mi mano, estando en el suelo, tropieza con algo duro y caliente. Lo rodeo con mis dedos y palpo para comprender qué demonios es eso. Y queda mi palma adherida a la superficie de lo que quiera que sea. Un grito es lo siguiente, seguido de un estremecedor y quebrado ronquido que me deja sordo, que daña mis oídos. Ha reventado la cocina, se ha incendiado mi hogar… Ahora hay luz suficiente, el fuego me descubre aquella cosa. ¡Viene de arriba! ¡Ha atravesado el techo de mi casa! Es una columna viscosa, verde y con forma de tallo. No puedo despegarme, lo intento empujando con las piernas y al fin lo consigo.
          Ahora está todo lleno de humo, he de cruzar el pasillo y salir urgentemente. Agacho la cabeza y me tapo la boca con mi camiseta para no respirar humo. Me dirijo hacia la salida. No está lejos pero estoy débil y me cuesta llegar hasta ella. Salgo a la calle. La visión es extraña, desconocida para mí. Pareciera una pintura surrealista, un esbozo de paraje inhóspito. Veo coches al revés, rejas retorcidas y árboles destrozados formando un amasijo siniestro. Veo ropa por los suelos cubierta de barro, en su mayoría de color rojo oscuro, como ensangrentada. Hay fuegos fatuos, espinosas enredaderas cubriendo esqueletos. No hay cielo… ¡no hay cielo! En su lugar hay un espejo, todo está reflejado en él, como si se tratase de un charco. Y todo se reduce, estoy viendo como, alrededor, se avecinan montones gigantescos de piedras o algo similar. Es uniforme, es compacto, es circular… Estoy perdido, todos estamos perdidos. Un último deseo, por dios… ¿por dios? No… soy ateo; y ¿ahora qué estoy diciendo?… Es el miedo, es la mano helada del terror, el rostro enjuto de la muerte.  Mi último deseo es verla… y la veo. Mi último deseo es morir.

(Soy autor de la primera imagen, desertor tras lo escrito de la segunda)

domingo, 14 de octubre de 2012

Pila de sangre



Al despertarme hice las maletas y proseguí el día: hice ejercicio, hice café, hicimos el amor, hice la comida, hice un crucigrama, hice no hacer nada, hice palomitas, hicimos el amor de nuevo y me hice el muerto.
Ya poco me quedó por hacer después de hacerme el muerto. No obstante lié un par de cigarros para hablar con el silencio y, con un sombrero puesto de medio lado emprendí el camino a no sé dónde por no sé cuánto. Soñaba.
—Adiós, cariño —fue lo último que le dije.
Pude despedirme al menos, lo normal es irse sin despedirse. Qué viaje tan largo es morirse algún día. A veces pienso que es un trayecto aburrido, pero para nada debe serlo porque cualquier cosa que salga de la rutina es divertida. Eso al menos cavilo a menudo... Aunque me quedan dudas; aparte de no sentir nada, ¿qué se siente estando muerto? Algún día no lo sabré…






     El ominoso moscón acechaba la siesta de un escuálido e iluso esclavo del deseo, exhausto tras cuatro horas de sexo duro, con grilletes, drogas, y a las órdenes de una mujer de cuero negro, látigo de fuego, ojos oscuros y piel oculta, pezones de piedra, labios cortantes y orgasmo imperecedero.
      El insecto revoloteaba plácido deteniéndose en cada huesudo rincón del famélico esclavo y frotando sus patas delanteras. Al menor movimiento humano, preparaba el impulso para el consiguiente vuelo. Volvía siempre, una y otra vez, entorpeciendo la más mínima probabilidad de sosiego en el esquelético hombre.
     El suelo estaba frío. Cayó la noche y un estrago profundo corroía la mente del flaco y deshojado ser. Arañó la piedra de un escalón cercano, en aquel antiguo patio de un ruinoso y abandonado cortijo andaluz. Y el moscón acudía a sus ojos que ahora se abrían. Nieve en la mirada, temblor en las mejillas, saliva derramándose; amargando su paladar e inundando su boca.
     Lo llegó a ver gigante, adherido a su pupila, y un millar de escalofríos fatuos lo estremecieron. Al parpadeo de pestañas el moscón deshizo su aferrada posición colocándose en la punta de aquella nariz cadavérica. Y sin que nada variase a esta descripción, haciendo un esfuerzo titánico, consiguió colocar una mano encima del peldaño empedrado de la escalera. Era un gesto de agonía. Los dedos de sus pies desnudos apenas mostraban leves convulsiones.
    
    
     Es entonces que u
na pierna femenina, larga y con final dulce, acude a los ojos del flaco varón. Su tacón de aguja pisa uno de sus dedos machacándolo sin piedad. El insecto emprende de nuevo el vuelo y se posa en los hermosos labios de la mujer; luz y color de aquel paisaje lúgubre; fuerza y sensualidad ante la triste flaqueza de macho.
     Se levanta. Se tambalea. La señala. Tartamudea un poema ininteligible. La mosca aletea otra vez. Lleva en sus patas carmín, y como a cámara lenta, el consumido mortal la ve acercarse. Gira. Tropieza pero se mantiene en pie.
     Tras dar dos pasos, cae derrumbado sobre una pila de lavar. El golpe es fatídico. La sangre, poco a poco, llena el cóncavo rocoso. Se nublan sus ojos, se vacían sus venas y queda allí, bajo la luna llena, como un tronco vencido y seco hasta que la pila rebosa y el cuerpo, en lo que pudiera llamarse un último movimiento, cae retorcido y sin vida provocando un estruendo tan violento que incluso el más dormido de los soñadores nocturnos se desvelaría sudoroso y agitado.



Yo también me desperté y deshice las maletas.
—Hola, cariño—fue lo primero que le dije.
    
    






(El enlace vídeo-musical sirvió para inspirarme un poquito en ciertos momentos. Desconozco el origen exacto) 



miércoles, 15 de agosto de 2012

El esqueleto




Había un banco de madera en lo más alto de la montaña, pintado de un verde oscuro, clavado en el suelo rocoso del mirador. Desde mi casa podías verlo al atardecer, porque a otras horas, debido a la atmósfera que rodea el pueblo no podías distinguirlo.
Cuando empezaba a oscurecer, un poco antes de las ocho de la tarde, regresaba yo del paseo vespertino. Ya había jugado en el parque y, tranquilamente, bien acompañado, de regreso me podías ver con las manos en los bolsillos.

"Éramos sólo dos niños, mas tan grande nuestro amor"… Y después de intentar besarla, sin éxito alguno pues sus labios se escondían en el tiempo, daba yo los últimos pasos hasta mi hogar, apenas a veinte metros del suyo.

No había una sola vez, lo juro, ni una sola vez que no mirase antes de entrar en casa hacia aquella dirección, hacia lo más alto de la montaña. Y es entonces cuando me parecía ver un esqueleto sentado en el banco de madera.

En más de una ocasión pensé sacar mis prismáticos para verlo con claridad, pero… al entrar a casa debía dirigirme hacia el sótano para sacarlos del cajón de un viejo mueble arrumbado, y tras haber recorrido el pasillo siempre me paralizaba y me arrepentía.
No podría definir el miedo que me impedía ir a esas horas en busca de los prismáticos… Creo que debo contaros bien la historia para que os pongáis en mi lugar.


Mi abuela se llamaba Clemencia, morena de pelo pero blanca de piel. Fornida y no demasiado alta, siempre seria, mas cuando tenían que fotografiarla forzaba una extraña sonrisa que estremecía toda la imagen. Ella era la dueña de la casa, controladora y señora de sus espacios.

Cuentan en el pueblo que poco antes de que yo naciera, un mozo de rasgos árabes la pidió casamiento junto a una roca allá en lo más alto de la montaña, más o menos donde está el banco que tanto distrae mi atención. Y siguen diciendo, habladurías sin duda, que ella sonrojó tanto que cegó al muchacho, y éste, equivocándose al andar cayó despeñándose por el barranco.
¡Jamás!, reitero: jamás hablé con ella de eso… Ay, abuelita, tantísimas cosas no sé y ya te fuiste para siempre.

Normalmente era Clemencia quien me preparaba la comida a la vuelta del instituto, quien lavaba mi ropa, quien ordenaba las habitaciones, y era ella también quien limpiaba el gallinero situado en lo más bajo del exterior trasero de la casa, porque en el pueblo el desnivel en el terreno es considerable y las casas guardan muchos recovecos. A día de hoy ya me deshice del gallinero y de las gallinas.
No he conocido más familia que mi abuela, y apenas guardo un par de recuerdos nebulosos de mi abuelo, aunque creo, que soy capaz de imaginar su rostro porque en el sótano, allá donde guardaba los prismáticos, había un retrato suyo colgado en la pared, y sigue estando, es lo único que no me he atrevido a cambiar tras el fallecimiento de Clemencia, que insistía en que el del retrato era su padre, o sea, mi bisabuelo, pero yo sé que no, que el del retrato no podía ser su padre pues sería mucho más antiguo.


Cada vez que entro en el sótano tengo la sensación de que me mira desde el retrato, enmarcado de oro viejo y cubierto de polvo.



En una ocasión, una noche de tormenta, yéndose la luz repentinamente, mi abuela me mandó bajar al sótano en busca de leña porque el fuego en la chimenea estaba débil. Agarrando entonces una bujía y tras encenderla Clemencia con un mixto, me dispuse a bajar la larga escalera que conducía hasta el húmedo sótano.
Una vez allí cargué la espuerta como pude, con troncos medianos y algunas ramillas de olivo. Recuerdo muy bien como se apagó la vela y solté rápidamente la espuerta. Caminé despacio buscando el retorno para volver tras haber iluminado de nuevo la lamparilla, y pude notar, posiblemente el miedo me hizo desvariar, como alguien me susurraba al oído palabras sueltas. Os podéis imaginar cómo empecé a correr, y ya subiendo las escaleras el sprint fue aún mayor. Parecía que a mi espalda la oscuridad pudiera tragarme de un bocado, y al llegar al recibidor, tan sólo la llama ya tenue de la chimenea alumbraba la estancia.
Sin apenas verle los ojos, entre penumbras, mi abuela me gritó con furia y desmesura. Parecía haber enloquecido, me vociferaba una y otra vez exigiéndome que volviera al sótano, que trajera la leña. Yo rompí en sollozos y no conseguí de ningún modo dar explicaciones.
No pude más que dar media vuelta y volver a oscuras… y os ruego me perdonéis si algo explico mal, porque os prometo que ahora estoy temblando como antaño hiciera.

Mis pasos eran eternos, y apoyado en el muro de piedra, frío y gris, tragaba saliva y se erizaban mis pelos entre escalofríos que rompían mi respiración. Me detenía una y otra vez mirando hacia abajo con los ojos abiertos de par en par, sin pestañear, y escuchando hasta el más leve crujir del techo. No podía continuar, era imposible, estaba sugestionado por aquella alucinación. Cómo iba yo a llegar hasta el leñero cuando me temblaban todos los huesos del cuerpo.

Acongojado, inmovilizado en mitad de las escaleras, pude sentir una fría mano tocar mi cuello… y mis ojos se volvieron hacia adentro, mi alma entera, desde los pies a la cabeza, parecía querer salir por el pecho, y se me aflojaron las piernas y la vejiga al tiempo que mi abuela Clemencia gruñía y me pedía paso.
Era ella, que cansada de esperar decidió ir a por la leña, y de paso, regañarme de nuevo. Lo hacía mientras bajaba los peldaños que quedaban, y a cada paso que daba subía el tono de voz. Una vez dentro del sótano su verborrea para mí estaba difuminada, era un constante ruido y una mezcla de ecos.
Y ocurrió de nuevo. Al margen de aquellas violentas regañinas, sumadas con fuertes gritos, como de parturienta, tuve la impresión de que alguien me susurraba al oído palabras sueltas, pero confusas, como asfixiadas, y me pareció entender, sin moverme ni un solo centímetro desde que mi abuela bajara, que aquella voz de ultratumba me dijo “hijo mío”.
Acto seguido todo daba vueltas, porque caí escalera abajo en un intento de huir.

De eso hace ya unos años, y tengo la cicatriz marcada en la frente por aquel accidente. Cuando llega el ocaso me duele, pero me duele más aún la incertidumbre de no saber quiénes son mis padres. Clemencia nunca consintió hablar del tema…

Pues bien, supongo que ahora comprendéis un poco el porqué de mi temor.


Anabel, mi esposa, me consuela cuando lloro y me seca las lágrimas con su pañuelo. Sus padres le cuentan que Clemencia odiaba a los niños y juraba morir sin descendencia. Nadie en el pueblo conoció nunca a mis padres, y es más, nunca vieron a Clemencia acompañada y menos aún embarazada. También dicen los más deslenguados que yo nací en la soledad de casa de mi abuela.


A día de hoy soy muy feliz. Nunca olvidaré la tarde en la que conseguí besar a Anabel.
Cuando, como de costumbre nos íbamos a despedir una tarde, le conté la extraña visión y ella no pudo resistir la tentación de ir conmigo hasta el mirador.
Fue allí, sentados en el banco, donde besé sus labios carnosos y le juré amor eterno.
A veces tengo la insensatez de pensar, que aquel esqueleto sentado en el banco de madera era mi padre que subía el escarpado para verme llegar a casa.







Es dudoso que el género humano logre crear un enigma que el mismo ingenio humano no resuelva. “Edgar Allan Poe”




(La imagen no es de mi autoría)

domingo, 3 de junio de 2012

Fobia




Todo estuvo tranquilo aquel día vacacional. Recuerdo bien que salí a correr por la playa antes incluso de producirse el crepúsculo y disfruté de la brisa del mar, algo que me enamora y me fascina desde niño. Tampoco olvido el desayuno; la verdad es que no hay nada que olvide de aquel marcado día estivo… O casi nada.

 


Al regresar de la galopada y tras una ducha placentera, cuando todavía trabajaba la aurora en el cielo, salí de casa pensativo; algo me había dejado por hacer pero no lo recordaría hasta bien entrada la noche. En la puerta me encontré con mi amor platónico, vecina mía, he de decirlo con claridad. Quizá llegara de una larga noche de fiesta, aunque no le pregunté; llevaba medias negras y minifalda azul… y un gorro, para variar. La invité a desayunar, ¡simplemente a desayunar!,  pero como en anteriores ocasiones se negó a acompañarme.

-Otra vez será, hoy no puedo- dijo derritiendo por dentro mi corazón.

Le di dos besos en la mejilla, despacio, casi saboreando su piel y mirándola fijamente. Ella no apartó sus ojos de mí, pero sus besos rozaban mi cara y se perdían en el aire.
 
-Nos vemos…- terminé diciéndole estando ya lejos de su cuerpo serrano.

Bajé por una famosa cuesta, la cual conducía a un restaurante, con vistas a un antiguo faro abandonado. Pedí un desayuno inglés: zumo de naranja, huevos fritos, alubias, bacón y tomate. Al terminar tomé un café cortado y me fumé un cigarro mientras hacía un crucigrama. Llegó un amigo que habituaba aquella zona y estuvimos hablando casi toda la mañana. Yo había quedado para almorzar con una prima y me despedí al mediodía. Tuve que coger el coche porque ella quería salir de tiendas tras la comida, así que me acerqué a su casa y nos fuimos al centro de la ciudad.

Allí pasamos casi por completo aquella tarde y al llevarla de vuelta a casa intenté recordar lo que olvidara por la mañana.

-Prima- le dije con gesto abstraído-, ¿qué has hecho tú esta mañana?
-Pues lo normal, la rutina de siempre: limpiar la casa y poco más. ¿Qué quieres saber?
-No es nada personal… Es que no recuerdo algo que debí haber hecho hoy y pensé que si me decías lo que has hecho tú, pudiera relacionarlo y recordar al fin.
-Cuando llegues a casa y te relajes verás como recapitulas y te acuerdas, querido primo.



Tras haberla dejado en su casa y aún dándole vueltas al tarro, me dispuse a regresar al hogar, necesitaba descansar. Aparqué el coche muy cerca, tuve suerte en ese sentido, no tenía muchas ganas de andar. Al abrir la puerta de casa me recorrió un escalofrío por el brazo.

-El pomo está helado- pensé.

Eché los pestillos, me quité la camiseta, los zapatos, encendí la radio y fui al lavabo urgentemente. Sonaba Armstrong en el dial, y eso me gustaba. Fue una de las mejores meadas de mi vida, con perdón. Pero todo se truncó, algo estremeció mi cuerpo mientras me miraba en el espejo sonriente, gesticulando al ritmo del jazz. Supuse que algo me había sentado mal, quizá el pastel de cerezas... quizá el whisky gran reserva…

-No creo… debe ser el cansancio- asumí entre cábalas.

Y fue entonces cuando, definitivamente, me di cuenta de que algo iba mal. Escuché un ruidillo justo al terminar la canción, como el chasqueo de algún material pastoso. Todavía sonaban los ecos de aquella trompeta en mi cabeza, me acerqué al aparato radiofónico para desconectarlo y  me quedé quieto, pendiente de otra posible señal. Pasaron más de cinco minutos y no ocurría nada, ¿me estaría volviendo loco? No, de eso nada, tenía los pies en el suelo, descalzo además. Me asomé a la ventana del salón, ¿para qué?, para nada, pero eso me hizo recordar lo que llevaba todo el día olvidando porque pasó el camión de la basura, con su ruido solitario.

-¡La basura! ¡Joder!, ¡no he sacado la basura! ¡Mierda!

Me dispuse, raudo y veloz, a sacar la basura aunque fuese tarde. Me calcé, volví a ponerme la camiseta, entré a la cocina y abrí la puertecilla bajo el fregadero, allí estaba el cubo de basura, hasta la bola, maloliente y casi nocivo.
 
-Aquí no ha pasado nada- me dije a mí mismo-, mañana saldré a correr más tarde, haré limpieza general.

Tardé apenas unos minutos en bajar a la calle y entrar de nuevo en casa. Volvió a recorrer mi cuerpo un tremendo repeluzno.

-Debe ser el cambio de temperatura que me ha producido el “paseo”- dije en voz alta, hablando solo.

Habiéndome deshecho ya de los desperdicios, de la bazofia que guardaba por descuido, me senté a cenar: un par de peras, si mal no recuerdo… aunque no es de extrañar. Me acosté por fin y me puse a leer a Poe. Mis ojos debieron cerrarse en mitad de uno de sus poemas.





A partir de aquí mi percepción cambia brutalmente. Recuerdo una visión espantosa… No era un sueño, era una pesadilla, y puedo testificar que real como la muerte misma. Tumbado en la cama algo perturbó mi descanso. A mis pies, una enorme rata gris con los ojos enrojecidos olfateaba las sábanas y se movía a corta distancia, pausada pero deprisa. Pude sentir el calor de aquel “bicho” en mis tobillos, aguanté la respiración, reprimí un grito para aludir valentía y vencer mi fobia. Se paralizó el mundo cuando el roedor alertó que lo miraba… Y me rendí, no supe reaccionar; agité mis piernas hacia arriba con fuerza, con ímpetu, sacando la sábana de debajo del colchón y elevando la rata hacia una desafortunada dirección. Se precipitaba hacia mí con el pelo encrespado y el rabo alzado, era horrible, grotesco, pavoroso. No pude retirar el rostro, no tuve tiempo de huir ni de defenderme, y el animal golpeó mi sien con su hocico romo. No sé si fue su mandíbula la que crujió o fue mi hombría, pero la verdad es que salí disparado de la piltra, despavorido y torciéndome el tobillo. Caí de bruces golpeándome en la frente.

La pesadilla realmente comenzaba ahora. Sangrando, inmóvil pero consciente, en el suelo, acechado por el roedor y mareado. ¡Pánico! Esa es la palabra que se me viene a la mente entre admiraciones y lagunas de incertidumbre.  Desde el suelo podía ver la puerta de la habitación; forcé la vista hacia arriba y llegué a ver el dintel de la misma cuando escuché un chirrido molesto y agudo. El animal pasaba delante de mí, y se acercó hasta casi rozar mi frente. La claridad de la luna era lo único que iluminaba la habitación… Y esos ojos rojos… ¡No! ¡No quiero recordarlo! Debí pasar tirado en el suelo algunas horas, puede que toda la madrugada… debí quedarme dormido de nuevo… Me levanté a duras penas, aturdido, extremadamente confundido.
Dando pasos de hormiga, casi retrocediendo,  llegué al salón y agarré el teléfono. No había marcado todavía el prefijo cuando se me pusieron los pelos como escarpias. Allí estaba el mamífero peludo, en el alféizar de la ventana. Mi vista se nubló por segundos, sentí una horrible sensación de angustia y noté un efluvio de sudor pestilente. Bajó desde mi frente hasta la punta de mi nariz una gota de sangre que se resistía a caer. Pensé entonces que debía superar mi fobia, y esperé  que aquella gota de sangre desprendiese su apego a mi vida para siempre… Y cayó retumbando en el suelo, espantando al fétido animal. Corrí hacia la ventana, cojo y casi ciego, dispuesto a vencer mis miedos.

Al llegar, un viento caliente azotó mi careto asustado. Decenas…puede que cientos de ratas entraran por la ventana en aquel justo momento, trepando desde las paredes del exterior e inundando la casa por completo. El sofá estaba infectado de ratas, de la mesa colgaban sus rabos; en los muebles no se veía otra cosa que ratas y de las sillas bajaban y subían sin parar. ¡Dios! Arrasaron con todo. Royeron hasta en lo más hondo de mis miedos.









Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño. “Edgar Allan Poe”